José

Sus manos del color de la tierra.
Quizás al saludarlo veríamos
nacer de sus ojos castaños
una flor de pétalos muy finos
tejida por el tiempo y por el sol.
Un cartel en su puerta diría miel
otro queso, en letras blancas
sus animales felices habría
caballos, vacas, gallinas
tendría en sí la ternura de haber
ayudado a parir varios de ellos.
Sus manos del vigor de la tierra,
resistentes a la soga y al cuchillo
habrían levantado esas paredes
con su mirada de un gesto abarcaría
el terreno en extensión abierta.

Al irnos -la miel y el queso serían riquísimos-
diría en fin, sus ojos de mirar el campo:

poca cosa vi yo en mi vida, pero de calidá,
un sol dorado entre rastrojos, un vendaval vi
tan poderoso que arrancaba árboles, y vi
el cuero empapado de una cría que lavaba
con lengua roja la madre primeriza.

 

a Gabriela

 

de Monte

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